un hombre. aunque yo lo sé, entiendo que es el departamento de un hombre en cuanto lo huelo. hay olor a hombre, porque hay olor y no perfume; porque detrás de ese olor corporal, duro, aunque no sólido, no hay nada. un hombre, entonces, cuyo cuerpo está presente aún en su ausencia. entro a ese olor, a ese cuerpo que lo empapaba todo, y lo primero que hago es buscarme, pero ¿dónde? no hay dónde buscarme, porque no hay nada, nada más que un escritorio de madera, sin silla; hay libros encima y en los estantes del escritorio, libros viejos, algunos no tanto, libros quemados por el sol. en la repisa cuelga una foto de Marilyn Monroe que lee en traje de baño: tomada desde arriba, se aprecia su pelo revuelto, un libro grande de tapas duras, y sus pechos apretados en la bikini blanca. al lado del escritorio, contra la pared, libros apilados en el piso, cuatro torres de libros casi tan altas como yo. esa es mi primera impresión, pero no lo que me impresiona.
frente a las torres, extendidas en el piso, las mantas, frazadas y almohadas que hacen de cama. miro alrededor y no veo otra cama que no sea esa. sigo hacia la cocina, sigo sin encontrarme. hay una mesita ratona, hay una heladera. la abro: dos churrascos, un paquete de café, dos tomates, una espinaca. abro la alacena: un paquete de yerba, un salero. en el bajo mesada, una sartén de hierro, una asadera. hay un balcón: dos plantas raquíticas. me acodo en la baranda y miro hacia el interior del departamento y veo que no hay nada más. nada más que libros y mantas en el piso. y me pregunto…
me pregunto qué clase de hombre no tiene cerveza en la heladera, ni pan —aunque sea viejo—, ni chocolates, ni tabaco, ni ningún otro mueble que no sea una mesita ratona y un escritorio. y, además, me pregunto qué clase de vida tuvo ese hombre para llegar a no tener ni cigarrillos, ni chocolates, ni cama; y todavía más que eso, me pregunto qué hace ese hombre cuando está en su casa sin tele, ni sillón, ni cama, además de leer; y todavía más que eso, me pregunto cómo mira ese hombre que sólo puede leer parado en cualquier lugar del departamento, o sentado sobre esas mantas en el piso, es decir, sentado en el piso, porque no tiene ni sillas, ni sillón, ni cama; y mucho más que eso, me pregunto qué clase de madre se acuesta y se deja inseminar por un hombre que no tiene pan, ni cerveza, ni siquiera cama donde acostarse; y un poco más que eso, me pregunto dónde estoy yo en todo este vacío; y todavía me pregunto algo más, pero para eso necesito sentarme en el piso, sobre esas mantas que huelen a hombre, que huelen a madera y un poco de traspiración, sin ser —tengo que decirlo— un olor desagradable, sino más bien cálido; un olor que no huele a árbol pero trae la imagen de un árbol que está solo en medio de un bosque, y me pregunto…
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