viernes, 25 de septiembre de 2026

de Gabriela Yocco

 ¿cuántas fronteras atravieso sin darme cuenta?

mi pie es ligero y no sabe de bordes

simplemente se desliza por el paisaje / como un animal libre

mi pie es y no es parte de mí


¿dónde dejé aquello que fui?

¿mi parte más humana / mi parte más viva?

¿aquella que decidía / acá sí / acá no?

¿hay fuerza debajo de mí?

¿o sólo es la estepa la que me mueve / otro animal áspero

con voluntad propia?


recuerdo la partida / una casa rumorosa de grandes paredes

un alero torcido / una parra / tres perros negros

nadie salió a decirme adiós


ahora sólo me pregunto cuál es el límite del viento que me azota la cara

en este paisaje sin tiempo


cargo una alforja ligera / con pocas provisiones y una carta

pero se dobla mi espalda como si cargara el peso del mundo

a lo lejos / azul y más azul / un penacho de abedules incendiado

por el último sol de la tarde / y la tarde una danzarina dorada


debo encontrar refugio de las bestias de la oscuridad

de sus fauces y de sus garras

me arrodillo en esta tierra / aprendí a amarla en silencio

mientras caminaba / caminaba / caminaba


un inesperado manchón de trigo hace mi casa de la noche

agradezco sus espigas / las acaricio una a una / mientras

acomodo el morral a manera de almohada y mis ojos se pierden

en la capa trozada de estrellas


un viento leve agita la mies y me roza la cara

agradezco a dios antes de recodar que no tengo creencia alguna

y así como me pregunto por la magna cúpula del cielo

así como mis pies preguntaron al camino antes de adentrarse en la estepa

me pregunto ¿cómo calcular una tierra infinita?









jueves, 24 de septiembre de 2026

de Mélan

    un hombre. aunque yo lo sé, entiendo que es el departamento de un hombre en cuanto lo huelo. hay olor a hombre, porque hay olor y no perfume; porque detrás de ese olor corporal, duro, aunque no sólido, no hay nada. un hombre, entonces, cuyo cuerpo está presente aún en su ausencia. entro a ese olor, a ese cuerpo que lo empapaba todo, y lo primero que hago es buscarme, pero ¿dónde? no hay dónde buscarme, porque no hay nada, nada más que un escritorio de madera, sin silla; hay libros encima y en los estantes del escritorio, libros viejos, algunos no tanto, libros quemados por el sol. en la repisa cuelga una foto de Marilyn Monroe que lee en traje de baño: tomada desde arriba, se aprecia su pelo revuelto, un libro grande de tapas duras, y sus pechos apretados en la bikini blanca. al lado del escritorio, contra la pared, libros apilados en el piso, cuatro torres de libros casi tan altas como yo. esa es mi primera impresión, pero no lo que me impresiona.

    frente a las torres, extendidas en el piso, las mantas, frazadas y almohadas que hacen de cama. miro alrededor y no veo otra cama que no sea esa. sigo hacia la cocina, sigo sin encontrarme. hay una mesita ratona, hay una heladera. la abro: dos churrascos, un paquete de café, dos tomates, una espinaca. abro la alacena: un paquete de yerba, un salero. en el bajo mesada, una sartén de hierro, una asadera. hay un balcón: dos plantas raquíticas. me acodo en la baranda y miro hacia el interior del departamento y veo que no hay nada más. nada más que libros y mantas en el piso. y me pregunto…

    me pregunto qué clase de hombre no tiene cerveza en la heladera, ni pan —aunque sea viejo—, ni chocolates, ni tabaco, ni ningún otro mueble que no sea una mesita ratona y un escritorio. y, además, me pregunto qué clase de vida tuvo ese hombre para llegar a no tener ni cigarrillos, ni chocolates, ni cama; y todavía más que eso, me pregunto qué hace ese hombre cuando está en su casa sin tele, ni sillón, ni cama, además de leer; y todavía más que eso, me pregunto cómo mira ese hombre que sólo puede leer parado en cualquier lugar del departamento, o sentado sobre esas mantas en el piso, es decir, sentado en el piso, porque no tiene ni sillas, ni sillón, ni cama; y mucho más que eso, me pregunto qué clase de madre se acuesta y se deja inseminar por un hombre que no tiene pan, ni cerveza, ni siquiera cama donde acostarse; y un poco más que eso, me pregunto dónde estoy yo en todo este vacío; y todavía me pregunto algo más, pero para eso necesito sentarme en el piso, sobre esas mantas que huelen a hombre, que huelen a madera y un poco de traspiración, sin ser —tengo que decirlo— un olor desagradable, sino más bien cálido; un olor que no huele a árbol pero trae la imagen de un árbol que está solo en medio de un bosque, y me pregunto…


Una mujer sola en la noche, de Rodrigo Torres


Una mujer camina sola en la noche, la luz de las farolas apenas tiene reflejo en el adoquinado húmedo. Una mujer camina sola en la noche y con las manos en los bolsillos eleva el mentón, la mirada, el pensamiento. Observa una luz amarillenta, tenue y opaca, como podrida, justo ahí arriba entre el ramaje de los árboles y sus hojas. Y cuando digo que una mujer camina sola en la noche, digo que una mujer se enfrenta sola a la noche.


de Facundo Floria


ponemos un brocal al agujero rotundo de la noche
y sin embargo caemos
en el magma de su centro
con el peso del sol y del día
entre los dientes

caemos en un movimiento vertical
rompemos los parámetros y las piedras luminosas
con la cabeza de la noche
en nuestra cabeza

a veces se abre un surco
se prende una lámpara
se tiene sed
se tiene miedo
se siente el latido de la especie

ponemos un brocal al agujero rotundo de la especie
y sin embargo caemos
en el magma oscuro de la noche
con los dientes apretados
buscando el sol
del otro lado de cada palabra

se prende una lámpara
se tiene sed
se busca el sol


la noche de la especie
nos acorrala
nos pone su brocal
nos pide cuidado
con horas del sol



de Gabriela Yocco